JOSE DE LARA

La Recomendación

Escrito por josedelara 15-03-2013 en General. Comentarios (0)

 

Ésta  es quizá, la mejor recomendación del año, una obra memorable no solo para la gente de letras sino para todo el mundo del Arte en general y  para aquellos que gustan de las descripciones personales de la Historia. Gertrude Stein nos muestra en su magnífico libro Autobiografía de Alice B. Toklas, el cual es una biografía de acerca de su amiga, pero escrita por Gertrude a modo que da a entender que es escrita por Alice, en esta obra se muestran escenas muy importantes para analizar el mundo del Arte en París a principios del siglo XX, definiendo perfectamente la línea que separa a la Historia del Arte con las biografías de pintores, escultores y literatos en los años anteriores a la Gran Guerra. Gertrude Stein, como pocos escritores pueden hacer, relata con sumo cuidado y tacto sus sentimientos ante el mundo que le tocó contemplar, no es ajena a él, ella es partícipe directa que conllevará a los cambios estéticos en el París de esos años, sin dejar de relatar su propia historia, sus viajes, sus contratiempos, sus anécdotas de una forma tan deliciosa que es casi imposible dejar de leerlo una vez comenzado. Gertrude deja entrever sus sentimientos hacia Picasso y más aún, es un libro de retratos de numerosas personalidades de su época que pretende ser un cubismo literario paralelo al trabajo de Picasso y Georges Braque. En numerosas páginas Gertrude Stein menciona a Guillaume Apollinaire, todas sus cualidades, sus gestos, su amabilidad, siempre caballerosa sin dejar de ser ostentosa y a toda costa vistosa, como sus innovaciones de etiqueta en los teatros más famosos del momento, no deja de alabarlo en cada página que toca encontrarlo y relatar su trágica muerte de un gusto tan sutil que provoca en el lector un profundo sentimiento de dolor hacia Guillaume, el cual, mitad italiano, mitad polaco, no tenía obligación de ir a la guerra por Francia, pero él, al igual que Gertrude y  todos los que amamos muy sinceramente el Arte, estamos siempre dispuestos a dar la vida por Francia. Cuando Gertrude escribe sobre Guillaume, pareciera que está profundamente enamorada  de él, o al menos impresionada, verdad o no, el  trato entre  ellos siempre fue sumamente respetuoso, quizá sumamente limitado al criterio intelectual de la pintura y la literatura, de todas formas la Gran Guerra le arrebató a Apollinaire, jamás pudo decirle todo lo que sentía por él. Por ello, a continuación me atrevo a tomar algunos párrafos del libro en los que se menciona a Guillaume:

“Guillaume Apollinaire era una maravilla de hombre. Fue en aquella época, es decir, en la época en que miss Stein conoció a Guillaume Apollinaire, cuando éste causó sensación al concertar un duelo con otro escritor.”

Y más adelante:

“Apollinaire era un hombre muy atractivo y muy interesante. Tenía cabeza de emperador romano de los últimos tiempos del Imperio. Su hermano, de quien  oíamos hablar a menudo, pero a quien nadie conocía, trabajaba en un banco, por lo que vestía con cierta corrección. Cuando alguien de Montmartre tenía que ir a algún lugar en que forzosamente se debía respetar las convenciones acerca del atuendo, ya fuera para ver a algún conocido, ya para efectuar una gestión, todos sabían que el habitante de Montmartre en cuestión llevaba una u otra prenda del hermano de Guillaume.

Guillaume era extraordinariamente brillante, y fuese cual fuera el tema que se abordaba, a poco que supiera de él, e incluso sin saber nada, comprendía  rápidamente el meollo del asunto y los desarrollaba con ingenio y fantasía, llegando a conclusiones mucho más avanzadas que aquellas a las que pudieran llegar los enterados, y lo más sorprendente era que sus conclusiones resultaban impecables.

En una ocasión, bastantes años más tarde, en que cenábamos con los Picasso, logré derrotar a Guillaume en una discusión, lo cual me dejó muy satisfecha, pero como dijo Eve (Picasso ya no vivía con Fernande) jamás hubiera logrado mi triunfo si Guillaume no hubiera estado terriblemente borracho. Sólo cuando se encontraba así, se podía derrotar a Guillaume en el campo de la dialéctica”.

También relata su trágica muerte:

“Le vimos por última vez cuando desde el frente de guerra regresó a París. Había recibido una grave herida en la cabeza, a consecuencia de la cual tuvieron que quitarle un hueso del cráneo. Presentaba un aspecto magnífico, con su uniforme azul horizonte y la cabeza vendada. Almorzó con nosotros y tuvimos una larga conversación. Parecía cansado y movía pesadamente la cabeza. Estuvo todo el tiempo muy serio, casi solemne. Poco después, nosotras nos fuimos, entonces trabajábamos en el Fondo Norteamericano de Ayuda a los Heridos Franceses, y ya no volvimos a verle. Más tarde, Olga Picasso (la  esposa de Picasso) nos dijo que Guillaume Apollinaire había muerto la noche del Armisticio, que estuvieron con él toda la tarde, que hacia calor y las ventanas estaban abiertas, y que la multitud que pasaba por la calle gritaba – à bas Guillaume! -, y como sea que todo el mundo llamaba Guillaume a Guillaume Apollinaire, estos gritos amargaron su agonía.

Guillaume se había comportado de un modo verdaderamente heroico. Por ser extranjero, hijo de madre polaca y de padre probablemente italiano, no tenía que incorporarse voluntariamente a filas. Era hombre acostumbrado a la vida literaria  y a la buena mesa, y pese  a todo fue voluntario a la guerra. Primeramente le destinaron a artillería. Entonces se consideraba que la artillería no era tan peligrosa, ni comportaba una vida tan  dura como la infantería. Pero al poco  tiempo, a Guillaume le pareció que la artillería no era todo lo  expuesta que él quería, y solicitó el traslado a infantería. Y en esta arma fue herido, en el  curso de un asalto. Pasó una larga temporada en el hospital, luego mejoró un poco de su lesión, fue entonces cuando le vimos, y al fin murió el día del Armisticio”

Un verdadero héroe para Francia, como crítico de Arte, también tuvo una importancia fundamental, según escribe Gertrude Stein:

“Y ahora  volvamos una vez más a la vuelta de nuestros viajes fuera de París, y a cómo Picasso se convirtió en cabecilla de un movimiento artístico que más tarde sería conocido con el nombre de cubismo. Ignoro quién fue el que llamó cubismo a aquella escuela, pero lo más probable es que fuera Apollinaire. De todos modos él fue quien escribió el primer folleto acerca de los cubistas, y lo ilustró  con las obras de éstos.

Recuerdo muy claramente la primera vez que Gertrude Stein me llevó con ella a casa de  Guillaume Apollinaire. Vivía en un minúsculo piso de soltero de la rue des Martyrs. La estancia estaba atestada de una multitud de jóvenes caballeros, todos ellos muy pequeños. Pregunté a Fernande: -quiénes son los pequeñajos esos?- Y Fernande contestó: - Son poetas. Quedé anonadada. Jamás había visto poetas, cierto es que había visto un poeta, pero no poetas.”

No deja de alabarlo en buenos tramos del libro:

Pues bien, Delaunay se caso con la ex esposa de Uhde, y los dos vivieron en paz y armonía. Se hicieron amigos de Guillaume Apollinaire, y éste fue quien les enseñó a cocinar y vivir. Guillaume era un hombre extraordinario. Tan sólo Guillaume era capaz de  burlarse de quienes le invitaban, burlarse de los demás invitados, burlarse de la comida que le daban, y al mismo tiempo obligar constantemente a sus anfitriones a hacer mayores esfuerzos para complacerlo. Seguramente esto se debía a la sangre italiana que corría por sus venas”.

Cuando estalla la guerra muchos tienen que retirarse de París para estar a salvo, Gertrude y su amiga se resguardan lejos de París y muestra en este párrafo todo su angustia por París:

“Los alemanes se acercaban más y más a París. Un día el doctor Whitehead preguntó a Gertrude Stein, mientras cruzaba una tupida zona de bosque, por lo que tenía que ayudarla: - ¿Tiene usted aquí ejemplares de sus libros o están todos en París? - . Gertrude Stein contestó: -Están todos  en París - . y el doctor Whithead añadió: - No quería hacerle esta pregunta , pero tal posibilidad me preocupaba -.

Los alemanes se acercaban más y más a París, y e l último día de su avance, Gertrude Stein fue incapaz de  abandonar su dormitorio, allí se quedó desolada. Gertrude Stein amaba París, no pensaba en sus manuscritos ni en sus cuadros, sino en París, y estaba desesperada. Y entonces yo subí a su  cuarto y grité: - ¡París se ha salvado! ¡Los alemanes han emprendido la retirada! – Ocultó el rostro y dijo – No  digas esas cosas – Y yo le dije: - ¡Es verdad, no miento! Y entonces las dos nos echamos a llorar”.

Este libro es definitivamente un monumento al amor por París por parte de Gertrude Stein, una mujer que dejó profunda huella en el entorno intelectual de su tiempo y una profunda huella en nuestros corazones.

Le Sarment des Horaces

Escrito por josedelara 03-03-2013 en General. Comentarios (0)

 

Todos los cuadros  estaban llegando uno a uno al Louvre para ser acomodados para el Gran Salón de ese año de 1784, un año después de la gran victoria sobre Inglaterra, diez años después de la muerte de Luis XV, cinco años antes de la revolución.

Ese año sería especial para una de las capitales mundiales del Arte, la cual alegre y mundana se sentía, a estas alturas de la Era Moderna, muy segura de sí misma, convencida de su propio destino, de su cultura, de su filosofía, de su industria  y de su pueblo, que si bien no era la capital, era alguien a considerar en la nación que ya dominaba el mundo. Llena de dinamismo, se recreaba en el Arte como hicieran los pueblos del Renacimiento italiano, convencida de que el Arte es, no solo una expresión elevada del corazón humano, sino una forma avanzada de inteligencia, un progreso de la civilización, una  muestra de lo que su pueblo es capaz de hacer por amor. Cuántas óperas y representaciones se hicieron en ese año tan feliz y glorioso! que resplandecía sobre Francia como una luz milagrosa, la cual al parecer prodigiosa respondía a las esperanzas del espíritu humano, el cual  casi siempre descontento, escribe numerosos volúmenes para poder  entender su desdicha.

El pueblo seguía escuchando a Rameau, como si deber religioso fuera y la nación encontró en numerosos  genios, la tierra fértil para sembrar  la bendita semilla que da fruto postrero. Francia se sentía huérfana, pues ya hacía seis años que había muerto Voltaire, su protector, el genio de las letras y uno de los padres de  la Razón. Más no en ella cabía mayor desdicha, pues quedaba el consuelo de haberlo recibido en suelo patrio y haberlo coronado de gloria y honor justo antes de su muerte, la cual insoportablemente dolorosa, encontró al menos la dicha de tener el frágil cuerpo del maestro, y honrarlo con un funeral, quizá  más fastuoso y sobre todo, más sincero que el de un rey, porque son los hombres de letras y los genios de las Artes, los que más dan de sí a su Patria, por ello es justo que la Patria les acoja cuando éstos ya no más puedan dar.

Así las cosas, una nación prejuzgada de frívola y petulante, se sumergía en los profundos abismos del pensamiento humano y navega con viento en popa hacia toda la gloria de su brillante historia, la cual le daría guerras, miserias y dolor, pero también grandes obras que perdurarían en la posteridad, esa posteridad que preocupa tanto a los hombres del genio moderno, como a los antiguos griegos, el infierno, decían, es el olvido, un hombre digno de su oficio, por más  humilde que  éste fuese, si fue muy entregado con amor a su  labor, será recordado para siempre, más los pérfidos pronto se olvidarán, ni los suyos rendirán culto a su memoria. Es ésta la más cruel condena para el alma de un hombre, del cual no solo virtud se exige, sino también la pasión necesaria para legar a las generaciones que le sucedan obras dignas de ser recordadas.

Francia pues, se digna a coronar el esfuerzo de sus hijos, los cuales laboriosos, se apresuran a caminar a la madre Patria, Italia, la cual aprendió en sus primeros años, todo lo que pudo de Grecia. No fue la obsesión ni la vanidad lo que movió a estos hombres, de esto estoy completamente seguro, porque sus obras conmueven con una sinceridad que es capaz de desestabilizar es el corazón más duro o la mente más exigente, fue el sincero Amor al Arte lo que movió a esos hombres. Francia tuvo el gran acierto de proteger a sus amados hijos de cualquier cosa que les faltase, esto también debe ser recordado, pues si no hubiesen tenido tal fortuna, quizá muchos de esos grandes y ambiciosos  sueños hubiesen trágicamente naufragado en las tantas tormentas de la vida, las cuales crueles, se ensañan con lo más amado y trabajado por los hombres. Son todas estas acciones que nacen de lo más puro y elevado del corazón las cuales me inspiran a recordar aquel  sincero cariño que conmovió a los genios: los antepasados. No existe cosa más sagrada, más temible y más imponente que los antepasados, los cuales por aquellos años comenzaban a demostrar al mundo moderno grandes tesoros desconocidos por siglos: las ruinas de Herculano y Pompeya. La antigüedad jamás volvería a ser vista  de manera igual, algo movió el corazón de los hombres, algo enterneció su espíritu, algo mucho más elevado que lo que podemos entender que les hizo reverenciar el trabajo realizado por los antiguos.

Años antes David había estado en Pompeya  y cuando estuvo viz a viz ante la Antigüedad misma, llena de cenizas, aunque intacta, carcomida por milenios, no por años, ni por siglos, se mostraba ella, la incorrupta  e imponente Antigüedad, llena de dignidad y grandeza a la vista de todos los hombres, pobres y ricos, nobles y plebeyos. Cuando David estuvo ante semejantes restos, sus piernas se debilitaron, algo le hizo doblegarse y de rodillas y lleno de lágrimas suspiró: “no somos nada”. Porque  Europa caminaba en su historia leyendo lo que hicieron sus abuelos, los griegos y los romanos, sin conocerlos realmente, los cuales sepultados, guardaban dentro las soberbias y glorias pasadas, que pregonaban el poder de sus dueños. En realidad Europa no se conocía muy bien a sí misma, tenía ciertas nociones sobre sus antepasados, pero cuando contempló los restos de sus padres, entonces comprendió muy bien quien era y le fue muy agradable conocer tan digna progenie. Fue ese preciso momento en que Francia, la dueña absoluta del mundo, se consideró a sí misma la heredera legítima del mundo latino.

Esa tarde de domingo de Otoño todo el pueblo de París comentaba de voz en voz, en los cafés y en las plazas que Louis David había realizado un cuadro espectacular, representando a unos romanos haciendo un juramento, para cuya ejecución, el pintor consideró  ir a la Roma misma, lo decían los lacayos, lo decían los actores, lo decían los nobles, los escritores, lo decía todo el mundo.

Una hora más tarde una sección de la Guardia Real se dirigía al taller de David, ubicado en las cercanías de L´ Pont de Saint Jean des Arts, ataviados  con su indumentaria de gala, y sus tricornios decorados con plumas elevadísimas y sus espadas de honor, salieron sosteniendo un enorme cuadro cubierto con una tela roja, la guardia avanzaba  hacía el Louvre, resguardando en todo momento el  cuadro, que se convertiría con el pasar de los siglos, en una reliquia sagrada para la nación francesa. A esa hora, como si del mismo Rey se tratase toda  la plaza del Louvre estaba atestada de personas para ver a la guardia entrar con el cuadro.

Al introducirse la guardia, se hizo patente la efervescencia popular, que no había visto la obra, la guardia caminaba con paso retardado, en orden, el pueblo abría paso ante el trabajo  de un pintor, que Francia consideraba digno hijo de las Bellas Artes. Fue entonces cuando un niño se introdujo entre los guardias y despojó al cuadro de la tela roja que  lo cubría. El pueblo ovacionó al cuadro con gritos y aplausos al borde del fanatismo, toda la plaza al unísono con un ruido tan elevado que alcanzó a escucharlo David, en su taller, postrado en la ventana, el cual al escuchar los aplausos de París, esa tarde lloró de alegría como jamás hubiera llorado nunca un hombre de dolor.

A la Academia Francesa de las Artes, 1784

Escrito por josedelara 24-02-2013 en General. Comentarios (0)

 

 

Por ello tomamos un hecho innegable: la antigüedad  clásica se ha mantenido por siglos incorrupta en su belleza. Así pues, hay que retomar aquello que sigue ejerciendo tanta fascinación: hay que estudiar e investigar las esculturas griegas y romanas, los frescos de Herculano y Pompeya; es preciso imitar la severa belleza de lo antiguo, aunque adaptándola a los cánones que rigen la sociedad y las exigencias de la época moderna.

Fuera de estas normas y las condiciones antes mencionadas no se aceptará ninguna obra para el salón de este año, condición válida también para los maestros y alumnos de la Real Academia Francesa de Roma y de esta manera también para el Prix de Rome.

Así pues, que cada escultor, dibujante y pintor se esfuerce en alcanzar la posteridad  siguiendo las normas eternas de claridad y buen gusto que dicta la Academia en base a los cánones griegos y romanos.

El pensamiento en la edad del Humanismo

Escrito por josedelara 08-02-2013 en General. Comentarios (0)

Con la palabra humanista, nacida en el siglo XV, los estudiantes universitarios designaban al profesor de los studia humanitatis, un conjunto de cinco disciplinas: gramática, retórica, poética, historia y filosofía moral. Pietro Paolo Vergerio (1370 – 1444), en De la conducta de los hombres honorables (1402), explicaba que, además de mantener en forma el cuerpo con ejercicio, las lecciones tenían que formar el carácter del alumno y prepararlo para una existencia productiva. La gramática y la retórica debían permitirle dominar los textos, logrando así hablar y escribir con soltura; la historia le proporcionaría los modelos de conducta a  seguir, y la poesía el deseo de imitar las virtudes de los héroes de la épica; con la filosofía moral, por último, podía alcanzar el nivel de integridad propio de un ciudadano responsable.

La riqueza de la sociedad  urbana impulsó de forma extraordinaria la demanda de enseñanza, que, independientemente de la existencia de tutores privados y de escuelas palaciegas o nobiliarias, se ejercía en tres niveles que afectaban a capas sociales diferentes. En primer lugar estaban las pequeñas escuelas  de primeras letras. Desde el siglo XIV la Italia del Norte y del centro contaba con una multitud de centros de este tipo, como los que fundaron Guarino Guarini da Verona (1374 – 1460) o Vittorino Rambaldoni da Feltre (1378  - 1446), donde los hijos de la burguesía se convertían en virtuosos ciudadanos de sus repúblicas. A pesar de la diversidad geográfica y confesional de Europa, en el siglo XVI se produjo una estandarización de  los estudios. Los alumnos aprendían a descifrar las letras con la ayuda de cartillas, luego a deletrear sílabas, después a leer y, finalmente, a escribir. El resultado fue que el grado de alfabetización europeos aumentó, especialmente en las ciudades. En las zonas rurales el porcentaje de letrados continuó siendo muy bajo, aunque era raro que en un pueblo de cierta entidad no hubiese nadie que supiera leer en voz alta los libros, almanaques, noticieros y otros panfletos impresos que solían vender buhoneros itinerantes.  El segundo nivel era el de la enseñanza secundaria que proporcionaban las escuelas de gramática, también de importante implantación urbana. Las materias respondían a la antigua preceptiva de las escuelas monásticas: el trivium, con la gramática, la retórica y la dialéctica como ciclo medio inferior y el quadrivium, con la astronomía, la música, la geometría y la aritmética  como ciclo medio superior. Los materiales pedagógicos consistían en manuales de gramática y en los textos del mundo clásico. Esta educación acababa a los diecisiete años y permitía ingresar en la Iglesia o continuar unos estudios universitarios.

El auge de la cultura humanista

La Edad Media había legado al siglo XVI una rica herencia universitaria: más de sesenta studia generalia  ampliamente distribuidos por toda Europa y un modelo institucional sólidamente implantado. Los inicios de la Edad Moderna coincidieron con un incremento sin precedentes del número de universidades y del volumen de la población estudiantil. El fenómeno, que afectó en su conjunto a toda Europa, tuvo menor impacto en Francia e Italia, ya muy evolucionadas en este sentido a lo largo de la Edad  Media, y en Inglaterra, donde Oxford y Cambridge defendieron con éxito su monopolio educativo. España, que tenía solo seis universidades en 1450, alcanzó las treinta y tres en 1600, aparte de las establecidas en el Nuevo Mundo. También en las Provincias Unidas se crearon nuevos centros universitarios. El número de estudiantes aumentó, en 1600 había unos seis mil estudiantes en Salamanca y unos veinte mil en el conjunto de Castilla. Este rápido crecimiento hace del siglo XVI la gran época de las universidades. Si a comienzos de la centuria alrededor del uno por ciento total de jóvenes de Europa Occidental de entre catorce y quince años recibían formación superior, a lo largo de esta centuria el nivel se elevó hasta un 2.4 por ciento en Inglaterra, un 2.8 en las Provincias Unidas y cerca de un tres porciento en Castilla. En su mayoría se trataba de hijos de funcionarios, artesanos, terratenientes y comerciantes, que aspiraban hacer carrera en la administración civil y eclesiástica. Sin embargo el punto culminante llegó hasta 1550 y las Universidades entraron en declive, pero nacieron las academias, concebidas fuera de los esquemas institucionales universitarios. Fue en Italia donde se inventó la fórmula, a partir de grupos de amigos reunidos por inquietudes intelectuales comunes. El cenáculo que se reunía en Florencia en torno a Marsilio Ficino (1433 – 1499) fue decisivo para la difusión del neoplatonismo. En el siglo XV se crearon la Academia Romana, fundada por Pomponio Leto (1428 – 1497), y la Academia Napolitana, abierta por Giovanni Pontano. En el siglo XVI surgieron academias similares en Ferrara, Bolonia, Florencia y Londres.

El libro fue un elemento fundamental para la difusión de la cultura renacentista. Su nacimiento no habría sido posible sin la introducción en Europa del papel, importado a Occidente por mercaderes genoveses y venecianos en el siglo XII. El cultivo del lino y del cáñamo desde el siglo XII y la generalización  del lienzo proporcionaron en cantidad suficiente los trapos que durante largo tiempo constituyeron la materia prima del papel. Su industria se difundió en Europa a partir de la ciudad italiana de Fabriano. En Alemania, la primera fábrica papelera fue edificada en Nuremberg  en 1391 y a principios del siglo XVI, el papel producido en Europa, marcado con la filigrana de los fabricantes, había alcanzado una calidad y cantidad  satisfactorios y costaba cinco veces menos que el pergamino.

El desarrollo de la imprenta supuso, consecuentemente, un auge cada vez mayor de las librerías. En ellas, la literatura  de devoción religiosa fue predominante, seguida de los manuales universitarios, los volúmenes de derecho o medicina y los textos literarios, en especial obras de teatro o novelas. Los libros de frases y recopilaciones de citas como La abundancia de palabras e ideas de Erasmo (1512) o sus popularísimos adagios (1500), ofrecían la posibilidad a las personas cultas de aderezar sus  escritos con alusiones clásicas. Un hito importante fue la edición en  Venecia, por Aldo Manuzio, de la obra de veintisiete autores  griegos, que se prolongó desde 1494 hasta 1515. Las Vidas Paralelas de Plutarco, publicada en esta colección, se convirtió en uno de los éxitos más duraderos y resonantes del siglo XVI.

El descubrimiento de los clásicos. En el Renacimiento se produjo el redescubrimiento, llevado casi hasta la veneración, de la Antigüedad clásica. En la Edad Media también era conocida la cultura grecorromana, pero en general se tuvo de ella una visión mutilada y deformada. Mutilada porque la mayor parte de la cultura griega se presentaba en forma de comentarios e imitaciones latinas (por ejemplo, Homero a través de Virgilio o los estoicos a través de Cicerón), y porque además se carecía de una parte importante de esa misma herencia latina. Deformada, porque los textos circulaban a manudo en versiones mediocres, sembradas de faltas y añadidos posteriores. La originalidad del Renacimiento consiste en su acercamiento a la Antigüedad clásica empleando no solo las fuentes latinas, sino también mediante el estudio tanto de autores árabes (en el caso del aristotelismo) como de los hebreos, y especialmente recurriendo a las propias fuentes griegas. El empeño suponía, en primer lugar, la ardua tarea de aprender las lenguas en que estaban escritos los textos antiguos. A cambio se conseguía el reencuentro con un clasicismo más auténtico que iba a ser manantial inagotable de ideas para el movimiento humanista. A partir del siglo XIV, Petrarca (1304 – 1374) y Boccaccio (1313 – 1375) iniciaron ese lento movimiento de recuperación de la herencia clásica. Aunque en la Edad Media se había  conocido una buena parte del corpus de la literatura latina, los humanistas italianos ampliaron ese saber al descubrir los manuscritos de de un buen número de autores prácticamente olvidados, como Lucrecio ( 99 – 55 A.C), Tácito ( 55 – 120 D.C) y algunos discursos y diálogos de Cicerón.

Las abundantes citas de autores griegos empleados por los autores latinos obligaron a los humanistas a aproximarse a la lengua helénica. Este acercamiento se vio favorecido con la llegada a las Universidades italianas de intelectuales griegos expulsados por el avance y la invasión turca de Bizancio, iniciada ya a finales del siglo XIV. Eminentes personajes de la diáspora helénica  sirvieron de introductores de  esta lengua en Francia, Italia y España. A ello se añadieron los contactos religiosos, con algunos intentos emprendidos  por la curia romana de entablar relaciones con la Iglesia Ortodoxa, singularmente durante el concilio Ferrara – Florencia (1438 – 1439).

Latín, griego y hebreo. El homo trilingüis

La lengua griega permitió a los humanistas latinos a acceder a ciertos libros del Antiguo Testamento (Sapienciales, Salmos, Proverbios, Cantar de Cantares) a los originales del Antiguo Testamento ( San Mateo, San Marcos, San Pablo) y a la literatura cristiana  primitiva en general, factor decisivo para entender a figuras como Lorenzo Valla (1407 – 1457), Erasmo o Lutero. También permitió el conocimiento directo del saber científico, la literatura y la filosofía de la Antigüedad, desde Hipócrates y Arquímedes hasta Herodoto, Sófocles y Demóstenes.  Al mismo tiempo se aumentó el número de obras conocidas en aquellos campos en los que habían abundado los textos griegos durante la Edad Media, alcanzándose una erudición exhaustiva no solo de Aristóteles, sino también de Platón o Epicuro. Hacia 1600, los traductores humanistas habían ofrecido a los lectores occidentales todo el corpus  de la antigua literatura griega que hoy se conoce.

El dominio del hebreo también era necesario si se quería volver a las fuentes primigenias del principal texto religioso: las Sagradas Escrituras. En definitiva, el modelo del homo trilingüis, que dominase las tres lenguas clásicas, se convirtió en un ideal de perfección para los humanistas;  de ahí la creación en París (1430), Lovaina (1517) y Oxford  (1517  y 1525) de colegios trilingües. En este sentido no puede olvidarse que uno de los hitos culturales del Renacimiento, desde el doble punto de vista de la erudición y la tipografía, fue la célebre Biblia Políglota de Alcalá, compuesta por encargo del Cardenal  Francisco Jiménez Cisneros (1436 – 1517).

La repercusión de la Antigüedad tuvo consecuencias trascendentales. En primer lugar supuso un cambio absoluto en materia de lectura de los intelectuales  europeos. Una biblioteca mediana contenía en el Renacimiento más textos clásicos latinos, en proporción a la literatura religiosa medieval e incluso contemporánea, que en los siglos anteriores. Además, el acercamiento a los textos antiguos, propició que se desarrollara un agudo sentido de la corrección gramatical y estilística propia del latín clásico, que no dejó de influir en la escritura de  los humanistas del Renacimiento, autores primero en latín y más tarde  en sus propias lenguas vernáculas, los géneros literarios clásicos también fueron imitados, especialmente el diálogo y género epistolar, tan importantes para entender las relaciones intelectuales que mantuvieron humanistas como Erasmo, Tomás Moro o Juan Luis Vives (1492 – 1540).

Por último, se desarrollaron con éxito métodos de crítica textual a través de la comparación de manuscritos  antiguos, pudiendo eliminarse los errores que contenían, este hecho entrañaba unas connotaciones revolucionarias innegables, y estimuló el espíritu crítico en un grado tan alto que ya nada volvió a ser igual en el ámbito de la filología. La crítica textual se convirtió en una herramienta básica  del humanismo,  que buscaba depurar el pasado clásico de todas las manipulaciones de que había sido objeto. El Renacimiento elaboró una nueva imagen del hombre y del universo, así como las relaciones entre ambos. El resurgir de los estudios clásicos despertó entre los filósofos el interés por un amplio abanico de problemas humanos, que fueron enfocados desde la óptica del neoplatonismo. Esta corriente de pensamiento fue más una manera de entender la problemática filosófica, un nuevo modo de acercarse a los objetos y a la naturaleza, ya en la Edad Media se había conocido la figura de Platón de una manera muy parcial. Más tarde, a lo largo del siglo XV, sus obras fueron traducidas, entre otros, por Francisco Filelfo (1398 -  1481) y Marsilio Ficino (1433 – 1499), quien también vertió al latín otros textos de la tradición platónica. El platonismo se difundió por Italia y Europa y, con él, la idea de una naturaleza en la que se reflejaban, como en un espejo, los modelos eternos.

El mayor representante de la filosofía fue, sin duda, Marsilio Ficino, protegido de los Médicis, escritor influyente tanto en latín como en lengua vulgar  principal portavoz de ese platonismo peculiar que inundó la Europa culta e imperó por lo menos hasta finales del siglo XVII. Su Theologia Platonica (1488) defendía la inmortalidad del alma, el orden gradual del universo, su armonía y belleza, así como la intimidad espiritual que ilumina a todo el individuo corpóreo. Por su parte Giovanni Pico della Miranola (1463 – 1494) se propuso demostrar la profunda concordancia de todas las doctrinas aparentemente opuestas, confiando en establecer entre ellas una pax philosophiae. Para lograrlo, intentó organizar en Roma una convención de sabios que debían llegar, a través de un debate, a la superación de todas sus diferencias.

Quizá el aspecto más influyente del neoplatonismo, no solo a nivel artístico, sino también como manera de ver el mundo, fuese el de su pensamiento estético. Nicolás de Cusa dio una gran importancia al tema de la belleza y el arte en sus obras De mente, De Ludo Globi y, especialmente, Tota pulchra. Las aportaciones del cusano se centran en su idea del arte como un acto de creación de objetos  y no de mera reproducción. Este fenómeno se inicia ya en la visualización, que es un proceso activo. Y aquí juega un papel fundamental la mente,  medida de todas las cosas, porque el arte crea objetos de acuerdo con sus dictados, y la mente está guiada por la idea de belleza. El neoplatonismo mostró preferencia por las cuestiones relativas a la belleza y el amor. Para Ficino y sus seguidores conocer era amar. Su doctrina del amor está expuesta en sus dos comentarios sobre el Banquete de Platón, que aparecieron en 1469 y 1475 y en  sus reflexiones sobre el Fedro (1475). Marsilio Ficino defendía tanto el carácter cuantitativo como cualitativo  en la definición de la belleza. Ésta consistía en la armonía de las proporciones y la concordia de las partes de que hablaba el arquitecto y teórico Leon Battista Alberti (1404 – 1472) en su De re aedificatoria , pero también era brillo y resplandor, splendor neoplatónico. Mientras para Alberti la belleza goza de objetividad, para Ficino la bellezaes de naturaleza espiritual.

El Humanismo cívico

La literatura política había sido, tradicionalmente, una parte importante de la ética, de ahí que los moralistas renacentistas mostraran un enorme interés por las teorías políticas. Ya en la Florencia del siglo XV, algunos pensadores reaccionaron con una conciencia de libertad  republicana frente a la amenaza del dominio señorial o principesco de los Visconti de Milán. Desde finales del siglo XIV, Giangaleazzo Visconti (1329 – 1378) se había adueñado de casi toda la Italia continental y aspiraba a unificar bajo su mando todo el norte de la península. En 1390 inició la guerra  contra Florencia, pero la ciudad de salvó del asalto final gracias a su súbita muerte, víctima de unas fiebres. Le sucedió su hijo Filippo María (1392 – 1447), que renovó esta política expansionista apoderándose de Parma (1420). Venecia y Florencia le declararon la guerra que duró casi treinta años y que terminó con la paz de Lodi (1454).

La libertad en peligro produjo en el ámbito del pensamiento político una serie de escritos que pertenecen a lo que se ha dado en llamar humanismo cívico. Entre sus principales autores se encontraban miembros de la cancillería o el gobierno de la ciudad, como Coluccio Salutati (1331 – 1406), canciller de Florencia desde 1375 hasta su muerte. En su Invectiva contra Antonio Luschio (1403), Salutati atacaba a un apologista de los Visconti y defendía la libertad de Florencia frente a la amenaza externa. En De tyranno (escrito entre 1399 y 1400) abogaba por la libertad republicana frente a cualquier gobierno tiránico. Fueron sus discípulos Leonardo Bruni (1374 – 1444) y León Battista Alberti quienes defendieron el sistema político florentino, idealizándolo al describir Florencia como una república  popular cuando ya desde mediados del siglo anterior era una sociedad regentada por oligarquías. En su Elogio de Florencia (Oratio de laudibus Florentiniae urbis, 1403), Bruni alababa la plenitud y perfección que había alcanzado la ciudad gracias a la armonía que reinaba entre los ciudadanos. Esta armonía era producto de la existencia de libertad, concepto clave en el que coincidían todos los humanistas cívicos. Se entendía la libertad, ante todo, como un gobierno independiente de poderes exteriores y participativo respecto a los ciudadanos libres que conformaban la sociedad. Esta libertad había de ser defendida, por lo que Bruni exhortaba a los florentinos a integrarse en el ejército de la ciudad y a no confiar su defensa a tropas mercenarias.

Príncipes bajo el espejo

Este ataque contra las huestes mercenarias era otro punto de gran alcance político que secundaron muchos humanistas cívicos. La aparición de nuevos señores tiránicos encumbrados gracias al poder militar y a la traición era un peligro para la libertad que había que atacar a fondo, reavivando el ideal clásico de ciudadano en armas. En sus Historias del pueblo florentino (Historiae Florentini populi, obra póstuma), Bruni expuso otro mensaje, compartido por los autores de este grupo, la valoración positiva que le merecía, en la historia antigua de Roma, la época republicana frente a la época imperial. El engrandecimiento de la Roma republicana probaba que una urbe libre tenía garantizada la prosperidad. El declive de Roma había comenzado precisamente con la pérdida de la libertad, obra de Julio César.

Las ideas políticas del humanismo cívico correspondían, en el terreno de las formas de gobierno, a la pervivencia de las repúblicas frente al ascenso de los principados. A medida que esta corriente se consolidó primero y finalmente triunfó, el gobierno de los príncipes atrajo el interés del pensamiento político. Si en la primera mitad del siglo XV había predominado un humanismo ciudadano y republicano, cuyo origen se encontraba en Cicerón, en la segunda surge un humanismo cortesano, oportunista y adulador, cuyo inspirador era Platón. Siguiendo una tradición medieval, por toda Italia se cultivó un género de literatura política conocido como los espejos de príncipes: el autor se dirigía un poderoso para ofrecerle un repertorio de  consejos prácticos que configuraban una cierta imagen de gobierno ideal o perfecto.

El género surgió en Padua ya en el siglo XIV con Federico Ferreti, que hacia 1328 escribió un elogio a la familia Della Scala, y alcanzó su apogeo en la segunda mitad del siglo XV: Bartolomeo Sacchi (1421 – 1481), llamado Platina, dedicó su De príncipe (1470) a los duques de  Mantua; Giovanni Pontano (1426 – 1503) redactó una obra del mismo título para su discípulo Alfonso de Calabria; y Diomede Carafa, en El oficio de un buen príncipe (entre 1480 y 1490), aconsejó a Fernando de Nápoles. La lista se completa con el más célebre de todos, El príncipe (1513) de Nicolás Maquiavelo. En estos tratados hay un claro cambio de mensaje frente a los anteriores: el valor central de la vida política no será ya tanto la libertad como la paz y la seguridad. Éstas se consiguen mejor en un principado que en una república, de ahí que sus autores suelan pintar al  gobierno democrático  como propicio a las revueltas y al desorden.

El siglo XVII

A lo largo del siglo XVII se desarrolló un nuevo clima intelectual cuya premisa básica consistía en lograr la emancipación definitiva de la filosofía y la ciencia, hasta entonces siervas de la teología. A pesar de las novedades introducidas por los humanistas durante el Renacimiento, las corrientes de pensamiento predominantes seguían siendo el aristotelismo, pasando por el tamiz de los autores cristianos, y una especie de naturalismo en el que se daban cita la magia, la astrología y la cábala. Este estado de cosas cambió radicalmente gracias a las aportaciones de una brillante generación de investigadores y eruditos, inclinados no tanto hacia la especulación filosófica cuanto  hacia la búsqueda de un saber científico universal capaz de entronizar la razón en todos los ámbitos del conocimiento. Uno de los hombres que prepararon este nuevo estilo de pensamiento fue Francis Bacon, cuyas propuestas sentaron las bases del utilitarismo pragmático que dominaría la filosofía inglesa durante dos siglos. Barón de Verulam y canciller de Inglaterra entre 1618 y 1621, se enfrentó a la hegemonía aristotélica en su obra Novum Organum (1620), con la cual intentaba establecer un método experimental fundado en la inducción científica. Para Bacon, solo la reiterada y sistemática observación de los hechos particulares podía dar lugar a conceptos generales y a un conocimiento real de la naturaleza. No obstante, un dominio insuficiente de las cuestiones matemáticas le impidió avanzar de forma práctica en el terreno de la Física, siendo superado en sus planteamientos por sus contemporáneos. Uno de ellos, Galileo Galilei (1564 – 1642), es considerado el padre de la ciencia moderna. En el ámbito del pensamiento, su nuevo método de investigación consistía en plantear una hipótesis de trabajo que, siempre que fuese posible, debía ser corroborada por medio de la experimentación, formulada matemáticamente y enunciada como ley universalmente válida. Sin embargo, Galileo no abordó de modo explícito y sistemático la cuestión del método. Quien sí lo hizo fue el filósofo y matemático francés René Descartes (1596 – 1650), que supo unir lógica científica y metafísica para alcanzar una nueva comprensión del universo.

Un Universo sometido a leyes

En el campo de la óptica, el perfeccionamiento del anteojo astronómico y del microscopio desempeñó un papel fundamental. Los holandeses ya construían anteojos desde 1604, pero fue Galileo quién los elaboró  con mayor exactitud. En la  Dióptrica (1611), Kepler formuló las reglas del anteojo de objetivo y ocular bicóncavos. La ley de la refracción fue descubierta por Willebrod Snel (1580 – 1626), y la de las distancias focales de las lentes cóncavas por Bonaventura Cavalieri (1598 – 1647). La Dióptrica (1637) de Descartes aportó  soluciones a varios problemas ópticos, mejorando el anteojo astronómico. Los aristotélicos defendían un cosmos limitado, de dimensiones reducidas, con la Tierra inmóvil y todos los cuerpos celestes girando a su alrededor en un movimiento circular y perfecto. La esfera de las estrellas fijas  era el límite de ese cosmos. Cópernico y Kepler impugnaron esta concepción al defender el heliocentrismo. Kepler descubrió la óptica elíptica de los planetas y formuló matemáticamente sus tres famosas leyes sobre el movimiento planetario en su obra Astronomia Nova (1609). Pero el Universo de Copérnico y Kepler, como el de Aristóteles, seguía teniendo límites: era mayor, pero todavía finito. Giordano Bruno (1548 – 1600), en Del infinito universo e mondi (1584), fue el primero que intuitivamente sostuvo la tesis de un  universo infinito. A principios del siglo XVII, la situación de la enseñanza científica era  ampliamente criticada. Bacon, en su obra Dignidad y progreso de las ciencias (1605) y, más tarde en el Novum Organum (1620), afirmó que el mayor problema radicaba en la tajante separación entre las artes mecánicas, basadas en la experimentación y las ciencias teóricas. Sus coetáneos, con Descartes y Torricelli a la cabeza, pedían una ampliación de los estudios científicos en lasa universidades. Los innovadores que pretendían una reforma de la educación científica tuvieron que enfrentarse a las estructuras establecidas. La ciencia no experimental se basaba todavía en el quadrivium medieval (aritmética, música, geometría y astronomía) y su método pedagógico consistía en la lectura y comentario de los clásicos con el auxilio de técnicas nemotécnicas. Además, el control de las instituciones universitarias por parte de los poderes eclesiásticos explica que siguiera vigente  el paradigma metafísico extraído del tomismo escolástico y reformulado durante el siglo XVI. A pesar de cierta oposición inicial, fue en Holanda donde primero se implantó el cartesianismo, antes de expandirse por toda Europa. Las universidades alemanas también dieron pasos significativos en esta dirección: en 1609 se formó en Marburgo la primera  cátedra oficial de química. En Francia debe constatarse únicamente la excepción de Montpellier, mientras que la Universidad de París marcaba la pauta conservadora de las universidades francesas, rindiendo culto a  una filosofía estrictamente aristotélica.

Fue en el terreno del pensamiento político donde los nuevos planteamientos filosóficos tuvieron mayor repercusión. En Inglaterra, la primera gran figura es Thomas Hobbes, recibió una buena formación clásica grecolatina, lo que le permitió ejercer de tutor de la nobleza. En 1629 descubrió en París las matemáticas con la lectura ocasional de un libro de Euclides. Desde entonces quedó cautivado por el rigor y certeza del método geométrico, proponiéndose aplicarlo fríamente en la resolución de los problemas políticos. En este sentido Hobbes por vez primera elaborar una teoría política acorde con el pensamiento científico moderno. Visitando a Galileo en Florencia, en 1631, descubrió que los fenómenos de nuestra experiencia podían ser descritos como movimientos, incluidos los del ser humano en sociedad. A partir de ahí, se propuso formar una  ciencia global que explicara la naturaleza, el individuo y los grupos sociales en términos de movimiento. Ésta debía abarcar tres grandes ámbitos: De corpore (Sobre el cuerpo) estudiaría el discurrir de los cuerpos físicos, comprendiendo las materias de la geometría y la Física; De homine (Sobre el hombre), se ocuparía de los movimientos del cuerpo humano, comprendiendo las materias de la fisiología y la psicología; por último, De cive (Sobre el ciudadano) abordaría las relaciones de los hombres entre sí, los problemas políticos y la dinámica del gran cuerpo social entendido como un sistema mecánico. En 1647 publicó De cive y retomó sus Elementos de la ley, editando las dos partes que ya habían circulado manuscritas en Inglaterra con los títulos de Naturaleza humana y De corpore político (1650). Estas ideas fueron reelaboradas y completadas en su obra más importante, Leviatán, escrita en inglés y publicada en Londres (1651). Hobbes pretendía dirigirse a todos los ingleses para ofrecerles la solución racional y científica de todos sus conflictos. Partía de la igualdad de los hombres, un concepto que ya era corriente en su época y que expresaba una mentalidad de ruptura con la sociedad feudal. En el estado de naturaleza ideal, ni la fuerza ni la inteligencia generan desigualdades. De la equiparación de oportunidades surge la pugna por la autoconservación, siendo del hombre “todo aquello que puede tomar y por todo el tiempo que puede conservar”. Esta competición constante lleva a una situación inestable y provoca la agresividad universal, una guerra permanente en la que el hombre es  un lobo para el hombre (homo homini lupus). Hobbes asegura que ese estado de naturaleza en el que piensa es una ficción: es lo que ocurriría con los hombres, tal y como él los conoce, si se suprimiera toda estructura social. Pero también es el reflejo de la realidad internacional de su tiempo: la Guerra de los Treinta años o la revolución inglesa no son más que situaciones provocadas por individuos que viven en ese estado natural.

Crisis de conciencia

En el medio siglo que separa el Discurso del método de Descartes de los Principios newtonianos  y los tratados de Locke, los intelectuales y científicos europeos realizaron una profunda revisión crítica de las verdades anteriormente establecidas. Ese análisis afectó principalmente a la ciencia y a la teoría política. Como resultado de esas transformaciones, Europa experimentó entre 1680 y 1715 una “crisis de conciencia”, por emplear las palabras del título de una obra ya clásica del historiador francés Paul Hazard. La era de la razón ilustrada fue preparándose por numerosos conductos, aunque muchas universidades denunciaron el peligro que suponía la duda metódica y el racionalismo cartesiano. A pesar de todo, el cartesianismo se difundió ampliamente, hasta el punto que todos los grandes pensadores de la segunda mitad del siglo XVII y del siglo XVIII pueden ser considerados, más o menos directamente, discípulos de Descartes. Junto al rechazo de la tradición y del principio de autoridad, la evolución del gusto condujo a una decadencia de la Antigüedad como modelo cultural, en el contexto del la querella que enfrentó a los “antiguos” y los “modernos”. El principal tema de debate consistió en determinar si los clásicos eran superiores a sus equivalentes modernos. Mientras que Charles Perrault (1628 – 1703) lo negó, Bernard Le Bovier de Fontenelle (1657 – 1757), en su Digresión sobre los antiguos y los modernos, apoyó esta tesis, afirmando que el saber progresaba indefinidamente. Boileau protestó inmediatamente y recordó los grandes  temas del ideal clásico. A su vez, Racine y el fabulista Jean de La Fontaine (1621 – 1695) señalaron todo lo que debían a los antiguos. La discusión, por mal planteada que parezca, señala el fin definitivo del dominio clásico en el mundo de la cultura.

 

Sobre el cine

Escrito por josedelara 11-11-2012 en General. Comentarios (0)

 

La  importancia  del Arte radica  obviamente en la expresión tanto de las formas como los sentimientos propios de una sociedad en un momento determinado, el cine es una forma de creatividad con un grado artístico mayor o menor, dependiendo de las facultades de las que se  nutre para realizar una obra cinematográfica, la degeneración actual por hacer un cine demasiado comercial que solo busque vender, produce un amaneramiento en las formas que lo  vuelve  repetitivo, intrascendente, incapaz de sensibilizar al público  más sencillo, empleando los mismos temas ya usados hace tres décadas. Es el caso del cine norteamericano, con protagonistas desgastados, que solo cambian de nombre y traje de superhéroe, los mismos diálogos, las mismas tramas, con buenos efectos especiales, pero sin sustancia, falto de profundidad, personajes que jamás piensan en sí mismos, sino siempre en los demás, con un fervor casi religioso, sin ningún rasgo humano, ni clásico, un estilo que ya vio pasar sus mejores tiempos. La causa de esta profunda crisis en el cine norteamericano es  la terrible lejanía entre el público y la obra, una obra muy ficticia, tanto en tema como en apariencia, que la presenta falsa y despreciable, si bien no tiene Arte, tampoco se presenta interesante. En la actualidad el público es más consciente, y por ende menos inocente, por ello busca algo falso, pero también que tenga una apariencia real, un diálogo sustancioso y sagaz, formas reales, sí, definitivamente sí, pero también audaces, formas clásicas, sin tantos efectos, pero que no son repetitivas, personajes originales que lleguen a cautivar nuestras mentes, al grado de inspirar la admiración y la inspiración de imponer un pensamiento, un paradigma, un sentimiento, una emoción, no momentánea, sino duradera, fuerte, interesante, no exagerada, sino real y profunda.

Tal es el caso del cine francés, un cine en apariencia, no tan impactante, sin superhéroes, con personas como usted y como yo, que enfrentan las situaciones reales de la vida cotidiana como cualquier ciudadano, con tramas reales y con decisiones reales, los personajes son presentados con sus defectos y virtudes, pero con un diálogo, aunque sencillo, muy  literario, tal es el caso del monólogo final en la hermosa película La Délicatesse, dirigida por David Foenkinos y Stéphane Foenkinos. De tal forma que la virtud y los defectos se enfrentan en un solo personaje, no como en el cine norteamericano, donde la virtud es presentada por un superhéroe y la maldad por un villano que se enfrentan en una trama y al final, como todos sabemos, gana el bueno. En el francés no, son personajes cercanos a nuestras  vidas con situaciones al límite, pero reales, donde los protagonistas tienen que enfrentarse a ellos mismos para tomar una decisión, buena o mala la tendrán que tomar. Otros directores cultivan las formas clásicas con diálogos estupendos, como Xavier Dolan en el culto de un exquisito refinamiento que convierte a sus creaciones en verdaderas obras maestras. Podemos conocer los sentimientos del personaje a través de las facciones del actor, no por un montón de ruido de fondo, con una discreción tan humana, que seduce y cautiva por su ingenio con criterios tan sencillos y a la vez, tan profundos y cautivadores. La admiración que se tiene al cine francés es causa de que Francia siempre ha cultivado con maestría todas las artes, por lo que la experiencia, tanto escultórica, como literaria y pictórica vienen a complementarse, a fundirse en el cine creando un objeto que cualquier persona puede valorar y llevar consigo, como un profundo aprendizaje visual, auditivo y literario, para toda su vida. Con una profundidad inigualable apoyándose numerosas veces en los textos de los grandes maestros, podemos decir que el cine francés es el Gran Teatro hecho cine, innovador dentro de formas clásicas, bien dibujado, elevado al grado de Arte. Mientras el norteamericano, repetitivo, poco original, falso en exceso, está en un nivel chatarra. Claro que hay películas norteamericanas excepcionalmente buenas, pero teniendo tantas compañías y presupuesto, queda a deber en numerosos aspectos dejando un vacío por no satisfacer lo que se  espera de él.

El cine francés tiene siempre ese algo que logra superar las expectativas que se tienen de determinada película por la riqueza de las historias citadinas, históricas, íntimas o intelectuales, un cine rico y muy enriquecedor, que siempre nos deja  grandes enseñanzas para valorar una verdadera obra y poderla diferenciar de una que, en realidad no tiene la misma calidad y peso, como el  cine norteamericano. Cuando un director quiere crear una obra basándose en el modelo fránces, como en el caso de L´ Appartement, de Giller Mimouni, no puede alcanzar, claro es, el mismo nivel dramático y teatral, cayendo a veces en la vulgaridad, por carecer de matices y formas, creando un producto burdo, torpe y terriblemente falso. La superioridad francesa es, en todos los aspectos, manifiesta por la enorme experiencia literaria y por ende, filosófica de la razón que se tiene para realizar un producto cinematográfico, creando a diferencia del norteamericano, no un producto, sino una obra universal.

Una película norteamericana se ve una vez y es suficiente, dos veces harta. Una obra francesa se puede ver una vez y cautiva, otra vez y pareciera que uno ve otra obra que también cautiva, se le ve la tercera vez y pareciese ser otra obra, también muy buena, poniendo atención en otros detalles  y se le puede ver para siempre dejando una gran satisfacción.