JOSE DE LARA

Ensayo sobre las Artes

 

Del clasicismo griego al Renacimiento

 

 

La definición de Arte consiste en las obras o  actividades humanas capaces de generar emociones por medio de la combinación de diversos elementos.

Numerosas veces he escuchado decir a algunas personas que el Arte es una forma de expresión. En efecto por medio del Arte el hombre puede expresar una idea o un sentimiento, pero también puede expresar un acontecimiento, más aún,  el artista puede aparentar expresar un tema en particular  pero sutilmente puede decirnos otras cosas a través de su Arte, creando algo subliminal. El arte siempre ha estado unido al hombre como cualquier otra necesidad fisiológica recreando necesariamente las pasiones, los acontecimientos históricos, las costumbres y la vida cotidiana de las personas. Sin lugar a dudas la música, la danza, la poesía y la orfebrería son para el hombre, expresiones artísticas de gran estima, pero nos enfocaremos principalmente en la pintura, la escultura y la Arquitectura, esencialmente  las Artes plásticas, su evolución desde la Grecia arcaica, pasando por el clasicismo griego, el helenismo y el arte de la república romana y desde los emperadores hasta Trajano y Marco Aurelio. Posteriormente se analizará el  Arte del Renacimiento y observaremos su relación tan estrecha con el Arte romano republicano, tardorrepublicano e Imperial. Observaremos la evolución hasta llegar al primer Renacimiento, bajo el mecenazgo de los potentados de Italia hasta evolucionar al segundo Renacimiento.

Para este estudio debemos comenzar en la antigüedad, el arte griego, el cual siempre ha causado fascinación, se caracteriza por su rigor, por su armonía con la naturaleza, por su equilibrio  geométrico, por su monumentalidad que inevitablemente ha influido en la cultura occidental hasta nuestros días. Los griegos se desenvolvieron en todos los aspectos culturales del ser humano dando renombrados eruditos en todas las materias del saber, tanto en literatura, en ciencia, en arquitectura, en filosofía y sin faltar, claro es, el arte.

La  escultura y la arquitectura son las artes plásticas en las que más trabajaron los griegos, los cuales fueron expertos en el manejo del mármol, Praxiteles fue famoso por alcanzar magníficos acabados que fascinaron tanto a sus contemporáneos como a sus admiradores de siglos posteriores.

El arte de la antigua Grecia se divide principalmente en cuatros periodos: el periodo geométrico, el periodo arcaico, el clásico, y el periodo  helenístico.

En el tercer departamento arqueológico del museo de Louvre, el cual fue abierto en 1800, en tiempos de Napoleón se encuentra  bien representado todo el Arte de la antigüedad. Este departamento, uno de los más importantes del mundo siempre se ha enriquecido con las constantes adquisiciones de  las antigüedades griegas y romanas y han convertido a ese departamento en uno de los sitios privilegiados de la arqueología clásica. No hay capítulo de la historia del Arte antiguo, desde los orígenes, pasando por el helenismo hasta los últimos tiempos del Imperio Romano que no esté aquí representado y a menudo de manera insigne. Mármoles, cerámicas, bronces, orfebrerías, marfiles, cristalerías, frescos, mosaicos concurren por turno o simultáneamente a esa lucida revista.

Sin duda alguna, por el periodo arcaico que se extiende desde el siglo VII hasta principios del siglo quinto antes de Cristo debemos por lo menos hacer mención conjuntamente de dos piezas cuya comparación pone muy claramente en evidencia lo que distingue las dos principales corrientes donde se ha nutrido el arte griego: la doria dama de Auxerre y la jónica Hera de Samos. La primera, llamada así por formar parte de una colección de los alrededores de Auxerre,  es uno de los más antiguos ejemplares conocidos de la estatuaria griega (segunda mitad del siglo VII antes de Cristo): de pequeñas dimensiones, juntados los pies, el cuerpo fuertemente constituido, enfundado en una túnica rígida, ceñida al talle por un cinturón ancho, cubiertos los hombros con una pequeña esclavina y la cabeza por una pesada peluca de tipo egipcio, esa obra, que demuestra de forma notable el papel iniciador que ha representado Creta, llama la atención por la sobriedad y la severidad del estilo. Más reciente (primera mitad del siglo VI), la segunda, cuya forma cilíndrica traduciría una influencia mesopotámica, revela un estado de ánimo muy distinto: el delicado modelado de las formas, a penas esbozadas, la vida que misteriosamente parece animarlas, la ligereza de las telas y la elegancia de su drapeado pertenecen en sentido propio a Jonia de donde procede esta muy probable representación de la esposa de Zeus – diosa a quien, en todo caso, como lo  hace constar la inscripción que lleva, la estatua fue dedicada por un hombre denominado Cheramyes - .

Y como no señalar entre todos los testimonios del arcaísmo griego conservados en el Louvre, esa “obra maestra de aguda finura y gracia decorativa” llamada la cabeza Rampín (realizada alrededor del 560 antes de Cristo) es el elemento de una estatua de caballero victorioso, cuyo torso y una parte del cuerpo del caballo están en el Museo de la Acrópolis de Atenas.

El periodo clásico y particularmente el siglo V, esta representado por numerosas piezas de alto relieve de gran calidad, tal como la célebre cabeza Laborde, mezcla de  dulzura, de pureza y de energía, reconociéndose en ella la cabeza de Niké, conductora del carro de Atenea que adornaba el frontón oeste del Partenón en Atenas, pero, la yuxtaposición de dos obras esenciales, ahora unos relieves, son tal que esta vez nos va a mostrar al mismo tiempo que los progresos decisivos llevados a cabo por la plástica griega, la perfección artística  de las dos más importantes escuelas de donde se desprende este completo desarrollo: una metopa del templo de  Zeus en Olimpia construidos entre los años 470 y 460 antes de Cristo y un fragmento del friso de las Panateneas del Partenón realizados como la cabeza Laborde entre los años 442 y 432 antes de Cristo.

La sencillez y la potencia de  la composición en diagonales cruzadas de Heracles domando al toro de Creta, la robustez de los cuerpos en la plenitud de las formas, el modelado algo seco, que al acentuar las sombras hace resaltar los músculos, son verdaderamente típicos de la técnica doria. No menos características del arte ático que da forma tan armoniosa como original, combina, uniéndolas, las cualidades opuestas del dorismo y del jonismo, son a su vez las Ergastinas, nacidas, como lo demás de la decoración del Partenón, de la inspiración de Fidias: extremado cuidado en la ejecución, ciencia discreta del ritmo, vivo tono como elegante majestad de las actitudes, todo  nos deja la impresión de la perfección misma en ese solemne desfile de  las jóvenes que han tejido el velo que van a ofrecer en procesión  cada cuatro años a Atenea.

A partir del siglo IV antes de Cristo, atraídos cada vez más por la verdad humana, los artistas griegos se van alejando del ideal clásico: lo patético de Skopas, la sensualidad de Praxiteles, el heroísmo de Lisipo abren los caminos por los que van a encausarse la escultura de los tiempos helenísticos. Son valiosos testimonios de esa evolución un sinfín de obras expuestas en diversas colecciones alrededor de los museos de Occidente.

En el Louvre se conserva el célebre Apolo Sauróctono cuyo original nació hacia 350 antes de Cristo hecho por la meno de Praxiteles, o el gladiador Borghese, firmado por un artista del siglo uno antes de nuestra era, Agasias de Efesia, que sin duda se inspiró en un modelo de Lisipo.

De aquel periodo, dos estatuas por lo menos no pueden dejarse de lado en el estudio de este periodo  y que han contribuido a la fama universal del arte griego: la Victoria de Samotracia y la Venus de Milo. De pie, desplegadas las alas, en la proa de una galera, pareciendo luchar contra el viento que le pega al  cuerpo un “drapeado”, la primera –que en Samotracia, debía, metida en un amplio nicho, dominar un paisaje arquitectónico- iba a ser la conmemoración de una batalla naval de los rodianos a finales del siglo tercero  o a principios del siglo segundo antes de Cristo, hazaña que anunciaba, se cree,  con su brazo derecho levantado después de descubrir en 1950 la mano derecha  abierta.

Considerada como una de las obras maestras del arte antiguo y generalmente como uno de los más perfectos modelos de la belleza femenina, esa singular obra que representa a  Afrodita sacada a luz en 1820 en la isla de Milo, sería de finales del siglo segundo antes de nuestra era; eso es lo que atestiguan serios criterios estilísticos: las proporciones del cuerpo, el movimiento de las líneas, el contraste muy trabajado entre el drapeado de rebuscados pliegues y la desnudes del torso, incluso si por la serenidad de la cara se pudo antaño pensar en el  genio de Fidias.

El Arte romano

Por fin las esculturas del periodo romano ocupan en varias colecciones un lugar muy importante. Se muestran todas, con diferente grado, lo que el arte de Roma y de las provincias debe al de Grecia y del mundo helenístico, muchas de ellas pertenecen  a las dos ramas en las que se manifestó entonces una real originalidad: el  retrato y el relieve histórico. Abundantes series de estatuas, de bustos y de cabezas, efigies de emperadores, de miembros de la familia imperial o de simples particulares, permiten en efecto ilustrar de modo muy completo la historia del retrato, desde la época republicana hasta el Bajo Imperio, pudiendo ser consideradas ciertas piezas entre las obras maestras del género, tales como el busto del Agrippa, colaborador y yerno de Augusto, o la cabeza de basalto de Livia, mujer de aquel emperador o bien del hijo de Marco Aurelio, el joven Annius Verus, muerto a los siete años. De igual modo podemos seguir, de finales del siglo II antes de Cristo al siglo Segundo de nuestra era, la evolución de los relieves históricos que constituyen la principal decoración de los edificios conmemorativos romanos: el más antiguo y seguramente el más típico de esos cuadros esculpidos es, el friso que adornaba uno de los lados de una base grande rectangular destinada al templo de Neptuno, en Roma y a la que se le dio el nombre – parece sin razón-  de Altar de Domitius Ahenobarbus; en el se puede ver representado principalmente el sacrificio de los Suovetaurilia: por ambas partes del altar, en la parte central, el dios Marte y un magistrado, probablemente el dedicante. Sin duda, comparado a esa obra un fragmento de friso del celebre Ara Pacis, el altar de la Paz, consagrado a Roma por Augusto en el año 9 antes de nuestra era, parecerá más griego por la calidad del dibujo, la variedad de las actitudes y del drapeado, la corrección del relieve; pero la procesión en él representada  no deja de ser por la diversidad de los planos, la densidad del conjunto y sobre todo por el carácter verídico – y no idealizado como en el desfile de las Ergastinas – de las puesta en escena, romana.

Igualmente imprescindible para el conocimiento de la escultura –sobre todo cuando se trata de obras maestras como el Apolo de Piombino, salido  seguramente de un taller peloponesiano alrededor del 500 antes de Cristo-, los bronces también permiten que se descubran varios aspectos de las civilizaciones griegas, etrusca y romana.

Frescos, e indirectamente mosaicos, demuestran en algunos buenos ejemplos, la gran calidad de la pintura grecorromana, pero es ante todo por sus series de cerámicas que el museo del Louvre se distingue en esa rama del arte antiguo.

Pintura

La pintura ocupa, desde  épocas primitivas, un lugar importantísimo en la cultura del hombre, al representar las actividades humanas, como si el hombre mismo, ya consciente de que su existencia y que definirá al mundo deja un vestigio de su primer arte, burdo, tosco, demasiado natural, rural, bestial y salvaje, pero definitivamente excelsamente bello,  heroico y sincero.

Eufronio, alrededor del 500 antes de nuestra era, deja cerámicas con figuras  rojas y fondo negro,  diferentes al primer periodo que se caracterizó como el periodo de figuras negras y fondo rojo.  Son pinturas bien dibujadas que como en la escultura, tienden a representar la grandeza de los dioses y las luchas de la Iliada, magnífica obra literaria que tanto ha influido en las artes plásticas desde la Grecia Arcaica hasta el Neoclasicismo. En estas obras podemos ver  las hazañas de Aquiles, de Héctor, de Patroclo y el dolor de Príamo, rey de Troya al ver a Héctor, su hijo, morir a manos de Aquiles, el más grande guerrero de los textos antiguos.

En tiempos de Roma, la pintura se vuelve mucho más  refinada dentro de un contexto excelsamente decorativo para las residencias de los senadores, magistrados, comerciantes, mercaderes, hombres poderosos  e influyentes del Imperio como podemos observar en los vestigios descubiertos en las ruinas de Pompeya, Herculano  y Stavia, cuyas excavaciones comenzaron en el siglo XVIII. Es  un arte formal, pero lujoso, de agudeza psicológica y dibujo refinado, de colorido equilibrado, de matices originales, buscando un equilibrio en las formas y proporciones, podemos decir, sin ninguna duda, que el arte romano es el directo antecesor del arte del trecentto y del cuatrocento italiano, es decir, del primer  renacimiento.

Y podemos decir esto porque en la pintura  romana ya se emplea la perspectiva, algo que se redescubriría  hasta Masaccio , il Verroccio, Giotto, Cimabue, Paolo  Ucello, Botticelli y il Peruggino, los cuales son los maestros de Rafael, Miguel  Ángel y Leonardo, los tres grandes del Renacimiento Maduro, es decir, el arte renacentista, es la continuación del arte griego y romano.

La mejor síntesis  de las inquietudes universales del hombre renacentista la proporciona el arte, fiel reflejo de las aspiraciones morales y políticas, de las corrientes filosóficas, de los avances científicos y de las características del trabajo artesanal. Sus primeras manifestaciones surgen durante el siglo XV italiano, conocido  como il Quatroccento, aunque ya sede el siglo XIV se estaba gestando un gran cambio de la mano de los pintores toscanos como Cimabue (1240 – 1302) o Giotto (1267 – 1337) y sieneses como Simone Martini o los hermanos Ambrogio y Pietro Lorenzetti.

Aunque a lo largo de la Edad Media el arte italiano había permanecido estrechamente emparentado con la tradición clásica, estos lazos eran producto de un pasado glorioso que se materializaba en una referencia a lo antiguo a la vez permanente e inconsciente, como puede apreciarse en la obra de los escultores de la familia Pisano (segunda mitad del siglo XIII). Fue en la década  de 1420 cuando un grupo de artistas florentinos  se propuso hacer explícita esa referencia y traducirla a un sistema, transmutando la herencia recibida en una orientación deliberada y dando lugar  así a una visión del arte completamente distinta. Esto es lo que caracteriza a los pioneros del Quatroccento: la consideración del Medioevo como una ruptura entre la antigüedad y el mundo moderno que era preciso subsanar de inmediato recuperando las leyes clásicas.

Así, pues, fue en Florencia donde se produjo el nacimiento del nuevo arte. Durante el siglo XV la primera ciudad de Toscana se convirtió en capital de la cultura, impulsada por su ambiente intelectual, por el mecenazgo de una a aristocracia ganada para las formas estéticas y espirituales engendradas por el humanismo, y más concretamente, por el patronazgo de los Médicis.

Fue Giorgio Vasari, quien en su obra “La vida de pintores, escultores y arquitectos” de 1550 señaló a Filippo Brunelleschi en arquitectura, Donatello en escultura y Masaccio en pintura, como los iniciadores de una nueva era artística fundamentada en  el retorno a la antigüedad y la imitación de la naturaleza. Posteriormente,  el testigo sería recogido por los  creadores de un siguiente periodo.

Brunelleschi, iniciador de la arquitectura del renacimiento, asumió los ideales de Belleza y armonía de los órdenes clásicos, haciendo de la simetría y la proporción  los elementos  constitutivos de sus edificaciones, basados en la teoría más que en la experiencia.  Introdujo  la combinación de columnas, pilastras, arcos y frontones, creo el pórtico, nuevo lugar de encuentro para los habitantes de las ciudades – estado italianas: el pórtico se convertía en el principal adorno y el orgullo de un edificio renacentista. La obras más famosas de  Bruneleschi, el hospital de los Inocentes, de 1419, la cúpula de Santa María dei Fiori (1438), la sacristía Vieja de la Iglesia de San Lorenzo (1418)  o la capilla de Pazzi, en la Santa Croce, destacan por la sencillez de las formas, el sentido de la proporción y la preocupación por entablar un diálogo con el entorno inmediato, adaptándose a las necesidades de la comunidad. Un discípulo suyo, Michelozzo llegaría a ser el pionero de la arquitectura palaciega,  edificando en 1444 el palacio Medici – Riccardi. Pero Brunelleschi aportó otra innovación de enorme  trascendencia: la perspectiva geométrica, que revolucionaría el arte del renacimiento en tanto que hallazgo técnico, pero también como método a través  del cual contemplar la realidad y configurar el espacio artístico.

En escultura, Lorenzo Ghilberti, con sus magníficas puertas del baptisterio florentino, se convirtió en el primer escultor del nuevo estilo renacentista, aunque fue Donatello el que revolucionó la escultura florentina. Este destacó por su equilibrio entre clasicismo y naturalismo, pero también gracias al profundo dramatismo y tensión moral que supo expresar en  obras como los relieves de San Juan Bautista, de la catedral de Siena o los púlpitos de san Lorenzo en Florencia. Otros escultores, como Jacopo della Quercia, Luca della Robbia y Andrea Verrocchio, completan el espléndido panorama artístico.

El uso  de la perspectiva en pintura, tuvo consecuencias tan notables como las que pueden apreciarse en las obras de Masaccio, de quien dijo Vasari: “reconoció que la pintura no es sino la imitación de las cosas como realmente son”. Este naturalismo, plasmado  al aplicar los principios de la nueva técnica, se concretaba no solo en la ilusión de profundidad, sino también la unificación del espacio pictórico. La novedad, a partir de entonces, consistirá en un afán por convencer al observador de la realidad del objeto o del acontecimiento descrito. Esa voluntad obedece  también a una nueva actitud mental por parte del artista del renacimiento: el hombre ya no es un mero observador de la naturaleza en tanto que reflejo de la divinidad, sino que se han convertido en el heredero de Dios en la Tierra, encargado de examinar, comprender y dominar el mundo. La obra más importante de Masaccio son los frescos que decoran la capilla Bracacci en la iglesia florentina del Carmine.

Junto a Masaccio, la primera generación florentina se completa con otros artistas fluctúan entre la tradición y la innovación, como Fra Angélico, espíritu contemplativo y  pintor por excelencia de la Virgen y de las visiones celestiales: Filippo Lippi, en el que confluyen  las enseñanzas de los dos anteriores, como puede apreciarse en su coronación de la virgen; Benozzo Gozzoli, cuyo estilo cortesano se pone de manifiesto en la cabalgata de los reyes magos; Paolo Ucello, famoso por su tenaz estudio de la perspectiva y Andrea del Castagno, que destaca por la plasticidad de las figuras.

A mediados del siglo XV surge una segunda generación de creadores toscanos. León Battista Alberti, una de sus principales figuras, desempeñó un papel fundamental como transmisor de los nuevos hallazgos, tanto a nivel conceptual como en el de la ejecución artística. Sus tratados De pictura (1435) y de  re aedificatoria, en los que teorizaba sobre la arquitectura siguiendo las pautas clásicas de Vitrubio, alcanzaron una gran difusión, dando a conocer por toda Italia las técnicas de Bruneleschi,  Donatello y Masaccio, por supuesto, Alberti aplicó con brillantez los modelos clásicos en sus construcciones: el palacio Rucellai y la fachada de Santa María Novella, en Florencia o  el templo Maletestiano, en Rímini.

En pintura, esta segunda generación dio un nuevo paso delante de los aspectos técnicos. Se produjeron avances notables en lo relativo al movimiento de las figuras, su anatomía y su ordenación dentro del cuadro. En  cuanto a la temática, destaca el desarrollo de los asuntos mitológicos e históricos. Entre pintores tan interesantes como Domenico Ghirlandaio o Filippino Lippi, sobresale Sandro Boticelli, que logra un absoluto equilibrio entre  inspiración naturalista y abstracción formal, plasmando en sus obras sutiles  alegorías filosóficas y poéticas.

Paralelamente, otros centros desarrollaban  también una importante actividad, como el grupo de Umbría, con nombre  como il Perugino, Pintuticchio o Luca Sgnorelli. En el norte de Italia, Andre Mantegna trabajaba en Padua  y Mantua, mientras que Piero della Francesca los hacía en Arezzo y Urbino.  Mantegna añadió al empleo realista de la perspectiva una meticulosa reconstrucción arqueológica de los escenarios y de los personajes de la antigüedad clásica, logros evidentes en frescos como los que decoran la cámara de los esposos, en el palacio ducal de Mantua. La mayor aportación de Piero della Francesca a estos avances fue un magistral tratamiento de la luz y el vigor  plástico de las figuras.

Venecia fue otro de los focos artísticos del Renacimiento. Jacopo Sansovino adoptó la sensibilidad veneciana el severo clasicismo de las arquitecturas florentinas y romanas. Pero el logro más importante se dio, sin ningún género de dudas, en el ámbito de la pintura, sobre todo a través de un original manejo de la luz y el color. Los iniciadores de esta nueva tendencia fueron los hermanos Bellini, Giovanni y Gentile, que desarrollaron un estilo en el que una densa y variada gama cromática se pone al servicio  de la grandiosidad espacial.

 

En Venecia, junto a Giovanni Bellini y Giorgione, se educó pictóricamente Tiziano Vecellio, heredero e intérprete de múltiples influencias y tradiciones. Recibió las lecciones de Alberto Durero y no fue ajeno a los hallazgos de Rafael y Miguel Ángel. Su desbordante vitalidad le permitió, después de 1540, sumarse a las nuevas formas propugnadas por los manieristas florentinos y romanos. Desde sus primeras obras, como Amor Sagrado y Amor Profano, de 1515, se puede apreciar la belleza de sus composiciones, la fuerza de sus formas monumentales y el aterciopelado de los colores, teñidos de una luminosidad dorada y cálida que procede de la laguna véneta. El hombre del guante, Pietro Aretino o Carlos V a caballo, son obras que demuestran su extraordinaria habilidad como retratista.

Leonardo Da Vinci es un caso excepcional. Formado en el taller de Andrea Verrocchio, desde 1482 trabajará en Milán para la familia Sforza, terminando su vida en Francia bajo la protección de Francisco I. Para captar la realidad con sus múltiples matices, Leonardo desarrolló la técnica del Sfumato, consistente en la fusión de la luz y la sombra, dotando a sus pinturas de insólitas tonalidades espirituales y psicológicas. La adoración de los magos, la virgen de las rocas, la santa Ana con la Virgen y el Niño y sobre todo, La Gioconda, son magistrales muestras de sus concepciones artísticas.

Pero, además, Leonardo brilló  como ingeniero civil y militar, como teórico de la arquitectura y la escultura, como inventor de las más fabulosas máquinas y como científico en múltiples áreas del conocimiento. En sus cuadernos manuscritos, llenos de dibujos, apuntes y bocetos, se aprecia el poder de su intelecto,  que le llevó a adelantarse a muchos descubrimientos posteriores en anatomía y aeronáutica. Proyectó el primer carro de guerra blindado, diseñó artefactos voladores y sumergibles y estuvo a punto de descubrir  la circulación de la sangre. Dotado de una insaciable curiosidad y de un ingenio incomparable, Leonardo fue uno de los hombres más universales del Renacimiento.

Leonardo deja Florencia en 1507, Botticelli muere en la capital toscana en 1510, Miguel Ángel es llamado a Roma en 1505 por el papa Julio II y Rafael llega a la ciudad Santa en 1508, cuando Jacopo Sansovino y Donato Bramante ya están instalados  allí. Roma sustituye a Florencia y se convierte en la capital artística del mundo durante un tercio de siglo.

Según André Chastel, la leyenda del Renacimiento se forjó en Roma. El mecenazgo de papas como Julio II y su sucesor León X impulsará el trabajo de Bramante, Rafael y Miguel Ángel. En Roma triunfará el clasicismo y se producirá la fusión de los dos grandes fundamentos de la cultura europea: la antigüedad y el cristianismo.

Donato Bramante fue el verdadero creador del estilo arquitectónico del Renacimiento clásico. La arquitectura era para él orden, medida y proporción, el templo circular de San Pietro in Montorio en Roma, sufragado por los reyes Católicos, es un buen ejemplo de su arte, su proyecto para la iglesia de San Pedro en el Vaticano, completado por Miguel Ángel posteriormente, consagró la alianza entre clasicismo y cristianismo: la planta de cruz griega símbolo de Cristo) y la gran cúpula  (símbolo de cosmos regido por Dios), protagonizan la suprema geometría  arquitectónica de una Roma que por segunda vez se erigiría en centro de Occidente.

Rafael Sanzio de Urbino lleva a cabo una síntesis entre la suavidad pictórica de su maestro Perugino, el sentido del espacio y de las proporciones de Piero della Francesca y las refinadas composiciones de Botticelli. Tras aprender en  Florencia las lecciones de Leonardo y Miguel Ángel, procedió a llevar las formas del renacimiento a su expresión más clásica, serena y completa. El papa Julio II le encargó la decoración de las salas del Vaticano, tarea que acometió auxiliado por un equipo de jóvenes colaboradores. Los frescos de la sala de la Signatura son un paradigma de la síntesis a la que aspiraban los prohombres de la época, pues contraponen y reconcilian la ciencia pagana como la Escuela de Atenas y la fe cristiana (la disputa del sacramento) de un modo admirable.

Paralelamente, Rafael recibió otros encargos. Fue catalogador de las obras de la Roma antigua, decoró las logias vaticanas y pintó retratos que son modelos de armonía y penetración psicológica (retratos de Baltasar Castiglione y León X entre cardenales). En una primera etapa Rafael se revela cercano al concepto de  belleza de Leonardo y en sus obras se expresa una profunda armonía entre los personajes y la naturaleza, como en la Virgen del jilguero, la Virgen del Prado o la bella jardinera, realizadas entre 1506 y 1507. Posteriormente su pintura se hace más monumental y compleja, manifestando una evidente influencia de Miguel Ángel; sus madonne ganan una  robustez, como puede apreciarse en algunos cuadros de altar (Madona de  San Sixto y Madona de Foligno), en cualquier caso Rafael elaboró un estilo con señas de identidad propias, caracterizado por el equilibrio frágil y armónico entre la forma y el color, la gracia y la fuerza, la pasión  y la razón.

 

Si Rafael simboliza la armonía del Renacimiento, Miguel Ángel Buonarrotti aporta dramatismo intenso: la terribilitá. Natural del Florencia, quedó huérfano a los seis años  y fue confiado a una nodriza que era hija y madre de  canteros, hecho que determinó su futuro como artista. Miguel Ángel se formó con Domenico Ghirlandaio y Bertoldo Giovanni. Siendo muy joven trabajó en el jardín de San Marcos, que era una especie de escuela exclusiva donde se mostraba la colección de estatuas y relieves antiguos de los Médicis.

Miguel Ángel siempre se consideró a sí mismo un escultor ante todo. Para él la escultura era una experiencia hermosa y terrible al mismo tiempo. Decía “yo solo quito  lo que sobra, la estatua ya está ahí”. Esa preferencia por la escultura y el permanente sentimiento de angustia que le aquejaba, se revela también en sus obras pictóricas y arquitectónicas. En sus cuadros y frescos  Miguel Ángel  modeló las figuras enérgicamente, concibiéndolas como  esculturas. De ahí la importancia que tienen en su arte los volúmenes. La primera serie de frescos que pintó en la bóveda de la capilla Sixtina, a los que hay que añadir la segunda serie del juicio final, destacan por la grandiosidad de la composición y por la maestría en el diseño de los cuerpos sometidos a violentos escorzos.

Lo mismo puede decirse de sus esculturas, donde la terribilitá miguelangelesca  se manifiesta de forma progresiva: en el David, realizado entre 1501 y 1503, aún no se alcanza el clímax de esa tensión, pero en las esculturas de la tumba de los Médicis se revelan ya plenamente dichos valores, al tiempo que las Pietàs que cinceló en los últimos años de su vida son el mejor reflejo de su espíritu atormentado. La última de ellas, la Pietà Rondanini,  fue comenzada hacia 1552, pero nunca la terminó: en las figuras de  María y Cristo muerto, fundidas en una misma masa comprimida y alargada, el artista intentó abolir toda realidad material en aras de una belleza exclusivamente espiritual.

El genio de Miguel Ángel se expresó también en la arquitectura. En Florencia construyó la Biblioteca Laurenciana y la sacristía nueva de la iglesia de San Lorenzo, destinada a recibir los sepulcros de Julián y de Lorenzo de Médicis. En 1547 se le encomendó culminar la construcción de la nueva basílica de San Pedro en Roma iniciada por Bramante, lo que  consiguió presentando un proyecto de gran brillantez.

El manierismo

El concepto de manierismo ha experimentado una evolución larga y compleja. Para algunos historiadores como Arnold Hauser, el manierismo expresa una crisis artística contemporánea de las múltiples crisis que atravesó la época. Para otros, como Shearmann, las formas manieristas revelan la estética hipercivilizada que una sociedad que tendía a pregonar hasta el exceso su naciente refinamiento. Quizás haya que buscar la clave en un término medio, ya que el manierismo se transformó de un modo considerable a lo largo de la historia. Si al principio fue un arte irónico, paradójico, inquieto y a veces agresivo, a partir de 1530 sufrió un proceso de codificación y anquilosamiento irrefrenable.

El término maniera fue empleado por Vasari para referirse a un estilo inconfundible de  pintar o esculpir, sobre todo el de los creadores más célebres como Miguel Ángel o Rafael. Posteriormente la palabra adquirió un matiz peyorativo y pasó a ser sinónimo de estilo amanerado, artificioso y falto de originalidad. En su intento por imitar la manera de las grandes figuras del Cinquecento, los artistas buscaron fórmulas establecidas, recetas que resultaran  infalibles. De este modo el clasicismo codificado se transformó en manierismo, es decir, en rígido academicismo. El arte manierista desplaza su interés del tema representado a la manera de representarlo. Escritores y artistas se agrupan en cenáculos donde se analizan las obras maestras: en 1562 se funda la Accademia del Disegno en Florencia, en 1577 la Accademia di San Luca  en Roma y a finales del siglo la Accademia degli Incamminati en Bolonia. Al mismo tiempo se multiplican los manuales de retórica, de poesía, de pintura y de arquitectura.

En un principio  el manierismo surgió como un arte asociado al juego y al ingenio, un arte ligado a las prácticas culturales cortesanas de los príncipes europeos: un arte lúdico, pero no por ello gratuito o superficial. Más tarde, la estética manierista se puso al servicio del poder establecido y la creación artística se convirtió no solo en una forma de ostentación, sino en un medio publicitario de las ideas y los mensajes de los poderosos. El arte barroco, por otra parte, llevará esta circunstancia a su máxima expresión.

En arquitectura, el manierismo se caracterizó por la alteración sistemática de las proporciones entre las partes y el conjunto del edificio, lo que supuso una ruptura de la lógica de las relaciones espaciales. La Biblioteca Laurenciana de 1525 de Miguel Ángel ya anunciaba este fenómeno: la escalera del vestíbulo apenas dispone de espacio y las columnas, al adelantarse al muro, quedan atrapadas dentro de éste. Los arquitectos empezaron a mostrar predilección por las largas y estrechas salas donde las perspectivas y fugas especiales aparecían muy acentuadas. Los elementos decorativos ocultaban frecuentemente elementos estructurales, como ocurre en el patio interior del palacio Pitti de  Florencia, obra de Bartolomeo Amanati, cuyo almohadillado cubre las columnas generando cierta confusión visual. Se multiplicaron también las incongruencias estructurales deliberadas, como las claves salientes que aparecen a punto de caer en el palacio del Té de Mantua, construido por Giulio Romano.

En el ámbito escultórico, el alejamiento del ideal clásico también se revela como característica principal. Miguel Ángel fue de nuevo el precursor: sus esculturas para la tumba de Lorenzo de Médicis parecen querer liberarse del espacio que las rodea, expresando una tensión que será tomada como modelo por sus seguidores. El rasgo definitorio de la escultura manierista es la forma serpentinata, giro en sentido espiral que contorsiona las figuras: la fuente de Neptuno o el Rapto de las Sabinas de Giambologna, son excelentes ejemplos de esta técnica. El desgarro y la tensión propios del estilo manierista alcanzan una de sus más logradas manifestaciones en el Perseo de Benvenuto Cellini.

En pintura, el desequilibrio de las proporciones anatómicas y el alargamiento de las figuras son dos rasgos que se difunden rápidamente. En general se prefieren las líneas serpentiformes, los escorzos pronunciados y los espacios angostos. Por otro lado, un progresivo oscurecimiento de los fondos, sobre los que destacan las figuras iluminadas artificiosamente, es ya preludio del tenebrismo.

La tendencia pictórica manierista aparece primero en Florencia, que reacciona así contra la primacía romana de principios del siglo XVI: Jacopo Pontormo, con sus figuras alargadas y Agnolo Bronzino, con sus colores fríos, son  representantes de esta corriente, que gana terreno rápidamente después de la muerte de Rafael, acaecida en 1520. Sus discípulos, como el mencionado Giulio Romano, abandonarán muy pronto el equilibrio perfecto que caracterizaba el arte del maestro de Urbino.

Otras regiones y ciudades italianas se suman a la reacción anticlásica. En Parma aparece Correggio, un maestro consumado del escorzo y Parmigianino, cuya Madonna del cuello largo es uno de los mejores ejemplos  de la estilización irreal en que incurre el manierismo.

En Venecia, mientras Tiziano permanece fiel en su fecunda vejez a los valores de un sosegado clasicismo, las nuevas tendencias se abren paso  paulatinamente. No obstante, la búsqueda del efectismo en arquitectura se ve limitada  por las  equilibradas concepciones de Andrea Palladio, que desarrolla una importante actividad tanto en la capital veneciana (Iglesia del Redentor), como en Vicenza (Logia del  Capitanato, Teatro Olímpico) y en la campiña veneciana que siembra con sus exquisitas villas. Su obra se completa con el tratado de Los cuatro libros de la arquitectura. La pintura veneciana no ofrecerá muestras plenamente manieristas hasta que un artista como Tintoretto interprete el estilo con brillantez  en cuadros como El lavatorio o el hallazgo del cuerpo de San Marco.

Dentro de la corriente manierista se sitúa un pintor  cuya  genialidad tardó en ser reconocida: Domenico Theotocópulos, conocido como el Greco, un artista que se destaca extraordinariamente sobre el panorama de la pintura española del siglo XVI.

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